SAN PROCLO DE CONSTANTINOPLA
1.-
Queremos ver a Jesús.
(22 mar 2015).
El Rey manso y pacífico está a la puerta. Los soldados aquí abajo, los ángeles en los cielos, los mortales y los inmortales gritaban. Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. Pero los fariseos se ponían a un lado y los sacerdotes estaban aún más lejos. Estas voces que cantaban la alabanza de Dios resonaban sin cesar: la creación estaba feliz. Por eso, aquel día, unos griegos, empujados por esta magnífica aclamación que honra a Dios con fervor, se acercaron a un apóstol llamado Felipe y le dijeron: Queremos ver a Jesús.
Estos paganos imitan a Zaqueo; no se suben a un sicómoro para ver a Jesús sino que se apresuran a elevarse en el conocimiento de Dios. Queremos ver a Jesús: no tanto contemplar su rostro, sino llevar su cruz. Porque Jesús, que veía su deseo, anunció sin ambages a los que encontraban allí: Llega la hora en que el Hijo del hombre será glorificado, llamando gloria a la conversión de los paganos y dando a la cruz el nombre de "gloria". Porque desde ese día hasta ahora, la cruz es glorificada; es la cruz, en efecto, lo que todavía ahora consagra a los reyes, unge a los sacerdotes, protege a las vírgenes, da firmeza a los ascetas, estrecha los lazos de los esposos, fortalece a las viudas. Es la cruz la que fecunda la Iglesia, ilumina los pueblos, guarda el desierto, abre el paraíso.
2.- Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. (01 ene 2020).
Dios en su bondad, no ha tenido a menos el nacer de una mujer, aunque el mismo que se debía formar en ella era la vida. Ahora bien, si la madre no hubiese permanecido virgen, este nacimiento no hubiera tenido nada de sorprendente; simplemente habría nacido un hombre. Pero puesto que ella permaneció virgen incluso después del nacimiento, ¿cómo no se trataría de Dios y de un misterio inexplicable? Nació de manera inefable sin mancha alguna, él, que más tarde entrará sin dificultad alguna, cerradas todas las puertas, y ante quien Tomás, contemplando la unión de sus dos naturalezas, exclamará: Mi Señor y mi Dios.
Por amor s nosotros, el que por naturaleza es incapaz de sufrir su expuso a numerosos sufrimientos. Cristo no llegó a ser Dios poco a poco, sino que, siendo Dios, su misericordia hacia nosotros le impulsó a hacerse hombre, tal como nos enseña la fe. No predicamos a un hombre que llegó a ser Dios, sino que proclamamos a un Dios hecho carne. Escogió por madre a su esclava, él que por naturaleza no conoce madre y que, sin padre, se encarnó en el tiempo.
